Historia y Educación

Por Ma. Celeste Armas Bacci

Estos días que estoy por Argentina estoy conviviendo mucho con mis papás, como hacía mucho no lo hacía. Ya somos todos adultos, ya todos tenemos nuestras rutinas, pero es simpático que sigan pasando accidentes domésticos de toda la vida.

Como buenos latinos, dentro del horno guardamos un montón de bandejas, asaderas y fuentes. Hago esta aclaración porque en España no he visto que sea común usar el horno de alacena jeje.

En fin, la cuestión es que parece que en alguna horneada, hemos dejado una asadera vacía adentro, la cual habrá tenido una especie de bolsa porque al sacar las fuentes frías, había una capa de plástico compacto pegada a la asadera. Personalmente creí que habíamos perdido esa asadera, pero, algo me resultó curioso.

Al verlo, mi papá decide pasarle aceite de oliva y dejarlo reposar. Si, eso. ¿Y adivinen qué? Comenzó a salirse. Cuando le preguntamos él respondió:

  • Semejante disuelve semejante, es un principio de los antiguos que luego la química comprobó.

A lo que yo pregunto, qué tiene de similar el plástico de la bolsa con el aceite de oliva y el comenzó a hablar de materia, moléculas y demás cuestiones que entendí, pero que no retuve en exactitud para desarrollaron en esta historia.

Ilustración de Kohei ashino on X.

Para quienes no saben, mi papá es Ingeniero Químico y mi mamá Contadora, ambos siempre tuvieron una manera muy particular de traernos mucho de su profesión a nuestra vida cotidiana. Esta vez fue la fuente, pero la semana pasada fue pasarle vinagre al sarro y así eliminarlo de las canillas.

Luego de este suceso, se me vino a la cabeza automáticamente algo. La famosa pregunta de nuestros estudiantes ¿Profe y esto para qué me sirve? Y últimamente la escucho también de los padres, algo que me angustia un poco.

Porque aún con todas las críticas que podemos hacerles a los sistemas educativos de todo el mundo, los contenidos y diseños curriculares tienen una razón de ser, y no entrará nunca en mi cabeza que un saber sea “inútil”, nunca jamás.

Lo que aprendemos, aunque parezca abstracto e inútil, tiene su relación en el famoso y complejo mundo de nuestra vida cotidiana. Y si no me creen a mi, créanle a Edgar Morin y al paradigma de la complejidad.

¿En qué momento dejamos de sentir amor por aprender? ¿En qué momento comenzó a fastidiarnos que nos expliquen algo que desconocemos? ¿Qué tanto hacemos en casa para trasmitir ese deseo por aprender? ¿Qué tanto legitimamos en casa a quienes forman parte del proceso de enseñanza y aprendizaje?

Y lo mismo a los profes ¿Qué tanto alineas tu asignatura a la vida cotidiana y la resolución de problemas reales?

En fin, no solo quiero darte un super tip por si se te pega un plástico a la asadera del horno, sino una invitación a pensar nuestra relación con aprender y estudiar cosas nuevas.



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